
Ha muerto Paul Newman, uno de los grandes actores del cine norteamericano. Su carrera abarca más de cincuenta años, desde sus primeros papeles como actor en películas y series para la televisión de los años cincuenta, hasta sus roles de madurez. Pero no sólo fue actor; también dirigió y lo hizo muy bien.
Si hubiera nacido diez años antes, le hubieran dado roles de galán eterno o de vaquero triunfante o de guerrero victorioso en las cintas bélicas de Hollywood. Pero no, Paul Newman llegó al cine durante la posguerra y se convirtió en una estrella problemática.
Eran los días en que se agudizaban las brechas generacionales y salían a flote los traumas y los conflictos entre padres e hijos. Por eso, a pesar de su apariencia imponente, sus ojos azules y su porte atlético, Newman nunca fue un frívolo conquistador de damas o un galán. No. Él perteneció a esa generación de actores formados por Lee Strasberg en el Actor’s Studio que llegó al cine para sufrir y para encarnar los dramas más intensos y complicados.
A Paul Newman siempre le interesó componer a sus personajes, trabajarlos desde adentro, dejando a un lado la naturalidad para resaltar la conciencia de su estilo.
Newman nunca fue un actor espontáneo, al que veamos moverse o hablar como en la vida cotidiana. Él era un introspectivo y cultivaba una dosis de exhibicionismo.
Controlaba sus gestos, dosificaba sus miradas, hablaba con la lentitud del que lamenta su infortunio, caminando como si le doliera cada centímetro de piel, golpeada por la derrota.
Desde que actuó en El audaz, su mitología se asoció con la del perdedor nato, que ve alejarse la segunda oportunidad mientras recibe y resiste los golpes. En esta película, hizo de un billarista con el destino trastocado. El audaz es negra y lírica, tierna y rugosa, desengañada y llena de furia. Una obra maestra de Robert Rossen y tal vez la mejor actuación de Newman.
Si hubiera nacido diez años antes, le hubieran dado roles de galán eterno o de vaquero triunfante o de guerrero victorioso en las cintas bélicas de Hollywood. Pero no, Paul Newman llegó al cine durante la posguerra y se convirtió en una estrella problemática.
Eran los días en que se agudizaban las brechas generacionales y salían a flote los traumas y los conflictos entre padres e hijos. Por eso, a pesar de su apariencia imponente, sus ojos azules y su porte atlético, Newman nunca fue un frívolo conquistador de damas o un galán. No. Él perteneció a esa generación de actores formados por Lee Strasberg en el Actor’s Studio que llegó al cine para sufrir y para encarnar los dramas más intensos y complicados.
A Paul Newman siempre le interesó componer a sus personajes, trabajarlos desde adentro, dejando a un lado la naturalidad para resaltar la conciencia de su estilo.
Newman nunca fue un actor espontáneo, al que veamos moverse o hablar como en la vida cotidiana. Él era un introspectivo y cultivaba una dosis de exhibicionismo.
Controlaba sus gestos, dosificaba sus miradas, hablaba con la lentitud del que lamenta su infortunio, caminando como si le doliera cada centímetro de piel, golpeada por la derrota.
Desde que actuó en El audaz, su mitología se asoció con la del perdedor nato, que ve alejarse la segunda oportunidad mientras recibe y resiste los golpes. En esta película, hizo de un billarista con el destino trastocado. El audaz es negra y lírica, tierna y rugosa, desengañada y llena de furia. Una obra maestra de Robert Rossen y tal vez la mejor actuación de Newman.